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Procesión de Jesús Resucitado PDF Imprimir E-mail
Miércoles, 03 de Junio de 2009
La nueva imagen, que podemos incluirla dentro de ese estilo de posguerra que denominamos Aneobarroco, es una buena escultura tallada en madera, en buena medida, inspirada en la de Siruela. Al igual que la anterior, también corresponde a una imagen articulada para poder llevar a cabo la función del Descendimiento, función que se desarrollará hasta los principios de la década de los años sesenta y que será suprimida tras la celebración del Concilio Vaticano II. Del mismo modo, también desaparecerá la tradición de cubrir al Cristo Yaciente con el sudario.

Tal y como podemos apreciar, la imagen está en una posición cúbito supino, con los brazos extendidos, así como las piernas ligeramente flexionadas hasta posar un pie sobre el otro. La escultura posee un buen estudio anatómico marcando los músculos, aunque no con la precisión que veíamos en la anterior. El cuerpo está cubierto por el paño de pureza, también anudado a la izquierda por un doble cíngulo que, al igual que la anterior, deja entrever parte de la cadera. El paño, perfectamente trabajado en planos angulosos, denota un realismo que tiene como base la imaginería del siglo XVII. De las yagas de manos pies y costado brotan pequeños surcos de sangre que lo hacen menos sanguinolento que el anterior.

La cabeza, bien trabajada e inclinada hacia la derecha, nos muestra a un hombre de larga melena que cae sobre sus hombros, en los que la gubia incide para resaltar los diferentes mechones que componen su cabello. La barba, partida al modo siríaco, presenta unas características similares.

El rostro, impregnado de una gran dulzura, posee unas perfectas facciones, con cejas bien trabajadas, nariz recta y ojos cerrados en actitud somnolente. El escultor, al igual que ocurría en al Barroco, no ha querido representar al hombre vencido por la muerte, sino que, por el contrario, ha plasmado la imagen de un hombre dormido en espera de ese despertar que será la Resurrección, en definitiva, no es un rostro en el que aparezcan los rasgos de la muerte, sino mas bien un rostro pletórico de vida.

Las carnaciones fueron muy restauradas a mediados de la década de los años ochenta, mediante la cual se limpió el ennegrecimiento producido por la acumulación de polvo, humo de las velas, etc., y se rescató la palidez que primitivamente poseía. La imagen descansa sobre un lecho de ricas telas, ya descritas en el capítulo de bordados, que lamentablemente, por cuestiones de iluminación, han sufrido un gran deterioro.

(Textos sacados del libro Calzada Penitente, Pasos, Cofrades y Cofradías, de los autores Enrique Herrera y Juan Zapata)

 
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