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Pregón 2011 PDF Imprimir E-mail
Miércoles, 04 de Abril de 2018

S. Ángel Gª de la Parra Ciudad

Excelentísimo Sr. Alcalde, Rvdo. Sr. cura-Párroco, Hermanos Mayores de las Cofradías de Ntro. Padre Jesús Nazareno, Ntra. Sra. de la Soledad, Santa Cena, Ntra. Sra. de la Esperanza y Agrupación los "Armaos". Queridos amigos y paisanos.

En primer lugar quiero agradecer a Fortunato Valencia y a Rafael Serrano, a las personas que han intervenido, y a los miembros de la Junta PRO- Semana Santa, el que vaya a ser posible leer este PREGÓN, que hacía 12 años estaba preparado y que, en su día, se cambió por otro evidentemente mejor que este.

He preparado este Pregón para que, como su título indica, y creo que para eso hemos venido, sea lo que yo entiendo que debe ser: de la SEMANA SANTA. Y que, como tal, voy a dar lectura.

Vamos a dar comienzo a los días santos, a los días grandes en que nuestro Señor J.C. dio las más hermosas muestras de amor.

Debemos escuchar cada una de sus palabras, porque es lo más importante que ha sucedido en el mundo.

Por eso, todas las horas de estos días santos serán insuficientes para estudiar esta historia, la más sublime historia de amor.

Vivamos santamente estos días, para que podamos entrar en la hondura del amor, que pasa, como casi siempre, por la hondura del dolor.

Estos serán días gozosos, porque, aunque se sufra, se vive de esperanza.

Vivamos la Semana Santa, pues, desde la oración, el amor y la Solidaridad.

Cargaremos por las calles con los "pasos" de nuestras procesiones. Cada uno cargará con su "paso" preferido, como sucede cada año, y eso está bien, pero carguemos siempre con el peso de lo pobres.

¿Sabéis cuál es la Semana Santa más hermosa? No la que ahora se celebrará en Jerusalén, con ser Jerusalén, o la de Valladolid, o la de Sevilla, o la nuestra de Calzada, con ser la nuestra. La mejor Semana Santa es aquella en la que logremos para los demás algún azote menos, alguna espina menos, alguna hora menos de dolor y de agonía; aquella en la que logremos para los demás menos desamparo y menos dolor, menos crueldad y menos injusticia, menos sed y menos abandono.

Mañana comenzaremos la Semana Santa. Esta Semana Santa, nuestra Semana Santa, es como un libro abierto, que no pasa, siempre vivo, dramáticamente vivo.

En esta Semana podremos ver y comprobar hasta donde llega el amor y hasta donde llega el dolor, hasta donde llega el rebajamiento y hasta donde llega la gloria, hasta donde llega la ofensa y hasta donde llega el perdón.

Estas realidades no son cosa del pasado, cosas del ayer más distante. La Pasión y la Pascua se prolongan y se repiten. La historia se repite, pero multiplicada por millones. Lo vemos y lo comprobamos diariamente.

Días atrás empezamos la Cuaresma con Jesús tentado en el desierto. El desierto lo conocemos como tal, pero lo que ahora nos interesa es conocer su valor simbólico. Jesús fue tentado sobre todo en el desierto del corazón, en la soledad y en el desamparo; en la profundidad del ser, que es en donde se forjan las grandes decisiones. Fue tentado en el desierto de la dificultad, de la incomprensión, del rechazo, de la persecución...

El hecho de que pudiera ser tentado nos habla no sólo de su humanidad, sino también de su debilidad y pobreza. Por su Naturaleza humana, Jesús es pobre y humilde. La tentación no era sólo como una especie de discusión dialéctica con el diablo. Jesús sentía interiormente la tentación como nosotros. Quiere ello decir que le pudo seducir el mal o le pudo asustar el bien.

Pudo sentir la tentación del poder, del éxito o del aplauso; pudo sentir la tentación de la ira o de la violencia, o del cansancio, o de la desesperación, o del miedo... Si no hubiera sentido estas tentaciones, no hubiera tenido nuestra naturaleza.

Y es por todo esto por lo que bien puede decirnos Jesús: venid a mí los que estéis desgarrados o desesperados, venid los que ya no podáis aguantar más, los que ya no seáis capaces de escapar de la situación que os esclaviza, los que tengáis miedo y queráis volver atrás, que yo os haré salir victoriosos.

La estampa de Jesús cansado del camino y sentado junto al pozo es conmovedora y sugestiva. Sobre todo sugestiva. Lleva mucho tiempo caminando, hablando, combatiendo el mal y la ignorancia, y se fatiga. Por eso se sienta, esperando algún alivio.

Cuando contemplamos esta escena de Jesús fatigado, debemos aprender que el cansancio es humano, que es bueno y necesario sentarse a descansar, y que tiene que haber momentos gratificantes a lo largo de la jornada.

Que esta escena nos ayude a valorar nuestros momentos de debilidad y de agotamiento. Sepamos valorar también a las personas debilitadas por la enfermedad, por la edad o por los trabajos excesivos.

Ahora, olvidémonos de nuestros cansancios y ayudemos a alguien que esté cansado. Seguro que todos nos sentiremos aliviados. El mejor método para descansar, la mejor terapia relajante, es procurar descanso a los demás. Hacer la prueba.

Procuremos descanso a los que estén fatigados; quitemos el peso que podamos, o la preocupación, o el dolor, o la desesperanza. Levantemos a los que se doblan y tendamos una mano a los caídos.

Hablar de acoger a los pobres presupone hablar con ellos. Y resulta difícil hablar con ellos, ya que mayoritariamente no lo somos, y también porque, en términos generales, la Iglesia aún no es su casa. Y además, el hecho de utilizar esta tribuna es usurpar su propia voz, suplantar sus palabras por otras, tal vez mejor construidas, pero menos auténticas, nunca las suyas propias. Por eso, cada vez que hablemos de los pobres debemos hacerlo con pudor, como quien pisa tierra sagrada, acercándonos con sumo respeto a su realidad de injusticia y dejar que sea ella misma la que hable. Hemos de devolverles la paz y la palabra.

Hay que dejar que los pobres entren en la casa común y se sientan a gusto y protagonistas, y hasta los primeros. Por eso, más que salir y salir a por ellos, hay que dejarlos entrar y entrar... a todos, y dejarnos interpelar y descolocar por ellos.

Es por esto por lo que, la denuncia pública de los sensatos, debe clamar al cielo, y a la opinión pública, y a los gobernantes.

El nivel ético de un país, de una comunidad, o de un pueblo, no se mide por el aumento del producto interior bruto. No se trata de medir el bien de las mayorías, el referente debería ser cómo quedan de maltrechos los más frágiles..., los pobres; y la situación de protección y promoción en que quedan, debería ser el indicador básico que nos señalara el rumbo ético de los proyectos comunitarios.

Por eso hay que exigir a los poderes públicos que no se inhiban ante lo que es un mandato Constitucional: "Remover los obstáculos para que la justicia y la igualdad sean eficaces".

Los sueños son siempre la antesala de una realidad manifiestamente mejorable. Sólo se transforma lo que previamente se soñó. Los sueños son como la tarjeta de presentación de un futuro mejor. Sin sueño no hay esperanza, y sin esperanza no hay vida. Así de simple.

Que esta Semana Santa ablande la dureza de nuestra tierra; que riegue nuestros desiertos, que ponga esperanza y amor a nuestras vidas y que nos ponga una fuente en el corazón.

La palabra es un verdadero regalo; es de un valor inapreciable.
Por la palabra somos, creemos, nos relacionamos y nos enriquecemos. La palabra es semilla y es recompensa; por la palabra nos relacionamos con Dios.

Para hablar con los pobres hay que compartir sus lágrimas. Y lo que muchas veces nos piden los otros no es una respuesta, sino una escucha, un acompañamiento en la crisis, un saber respetar, un compartir sus lágrimas.

Dice Jesús que no es cuestión de lavarse más o menos las manos, lo que hay que lavarse es el corazón; que no es cuestión de trabajar o descansar en sábado; que lo importante es la justicia y el derecho, el respeto a los demás, la valoración de los pequeños, la ayuda a los desvalidos; lo importante es estar cerca de los que sufren , compartir lo que se tiene y llenar de esperanza a los decaídos.

Sabemos que el Decálogo, las famosas tablas de la Ley que Dios hizo preparar a Moisés, eran un código de mínimos; todo era negativo; la Ley Nueva, el amor de Jesús, es un código de máximos; todo es positivo. Por lo tanto, ahora, no se trata de no robar, sino de compartir; no se trata de no dominar al hermano, sino de lavarle los pies; no se trata de querer a los próximos, sino a cualquiera que lo necesite, y no se trata de no matar, sino de dar la vida. Y a propósito de la vida, ¡que gran responsabilidad histórica, social y humana, la de aquellos que por decreto animan a que otros puedan convertirse en matadores de una vida!

El tema de la sed y el agua es muy importante en la vida de Jesús. El Evangelio nos presenta a una mujer de Samaría que acude al pozo para calmar su sed. Pero esa situación va a derivar en otras de dimensiones más profundas. La samaritana será el símbolo de la persona que no consigue apagar su sed.

Hay personas que están heridas de insatisfacción; que van de un pozo a otro, de un mercado a otro, buscando nuevos productos para calmar la sed que los tortura, pero al final siguen con más sed.

En la samaritana descubrimos sed de felicidad, sed de amor, sed religiosa, sed de Dios. Jesús ofrece a la samaritana el agua viva. Y aquí se da la gran paradoja. Él, que pide de beber, es el que puede calmar la sed, y para siempre.

Hemos escuchado estos domingos de Cuaresma como los catecúmenos que iban a ser bautizados en la Pascua recibían palabras llenas de esperanza y de plenitud. Pero también se les advierte que el camino no será fácil. Que hay que ejercitarse, coger la forma necesaria para poder alcanzar estas cumbres. Que hay que liberarse de muchas cosas para alcanzar la verdadera libertad. Como bien decía Goethe: "Sólo es digno de la libertad y de la vida el que sea capaz de conquistarla para sí día a día".

Sabemos por el Evangelio que Lázaro murió, pero no se nos dice por qué. A lo mejor fue porque su amigo, Jesús, estaba lejos. Y así es como se lo dice la hermana de Lázaro a Jesús: "Si hubieras estado aquí, no habría muerto nuestro hermano". No hay que extrañarse, porque ciertas ausencias prolongadas hacen morir de frío el corazón. Como muy bien dice Freud: "Si amas, sufres, pero si no amas enfermas".

Y Jesús lloró la muerte de su amigo. Estas lágrimas de Jesús nos conmueven y nos convencen de su humanidad. Jesús sufre y siente con nosotros y como nosotros.

El mensaje central de esta historia no son las lágrimas, ni la enfermedad y la muerte, sino la vida. Dice Jesús: "Yo soy la Vida". Los efectos de esta afirmación produjeron dos resurrecciones; la de Lázaro a la vida y la de su hermana Marta a la Fe, que también es otra vida.

Y respecto de la Fe, los calzadeños hemos dado, y damos, a lo largo de la historia, grandes muestras de Fe en nuestro Patrón el Salvador del Mundo, ya con 500 años de antigüedad. Lo que voy a decir a continuación recuerdo habérselo oído referir muchas veces a mi abuela y a mi madre. Tal vez también lo hayáis oído alguno de vosotros y lo recordéis. Se cuenta que, en la guerra de Marruecos de 1921, buen número de soldados calzadeños formaban parte de una misma Compañía. Y que, en varias acciones de combate, esta misma Compañía sufrió un considerable número de bajas, sin que ninguna de las mismas fuese la de un saldado de Calzada. Al preguntarle el superior a uno aquellos paisanos nuestros que explicación podía tener este hecho, este le contestó que: "...podía ser así, ya que todos se habían encomendado al Salvador del Mundo, y era esa Fe la que les estaba salvando la vida". Esto que os digo fue un hecho rigurosamente cierto.

Sabemos muy bien que lo que da vida a la persona es la Fe y es el amor, y que lo único que puede vencer a la muerte es el amor. Lo dice bellamente el poeta Gabriel Marcel: "Amar a una persona es decirle: tú no morirás".

Si hiciéramos una selección de las diez palabras más hermosas de la lengua española, sin duda que la palabra "solidaridad" estaría entre las primeras. Es por eso que el Jueves Santo Jesús muestra su solidaridad con sus amigos sentándose a la mesa con ellos, para compartir el pan y la palabra. Además, les lava los pies en un gesto de humilde servicio. Eso es solidaridad y amor.

Solidaridad es hacer tuya la deuda del otro, o el problema del otro, o las desesperanzas y desencantos del otro; solidaridad es no pasar de largo ante el herido ni encogerse de brazos ante el hermano. Solidaridad es esforzarse por comprender y ayudar a los demás.

La persona solidaria crece, se eleva y se supera; la persona solidaria está en el buen camino, en el camino del corazón. Tanto el progreso personal como el desarrollo social sólo pueden cumplirse por el camino de la solidaridad. Y la solidaridad no consiste en buenas palabras dirigidas al pueblo; la "solidaridad" son hechos, siempre que sean necesarios. Y en un pueblo son muy necesarios en todo momento. Y para algunas personas más que para otras. Recuerdo, y también recordaréis vosotros, un refrán de pocas palabras, solo dos, pero muy contundentes: "Hechos cantan".

El amor cristiano no es un mandamiento, es una exigencia y una urgencia: y debería hacerse de él nuestra razón de ser.

El amor es una necesidad sentida, lo que más necesita la persona y lo que más necesita la sociedad. Los problemas de las personas y de la sociedad podrían tener solución cuando se pasase de la rivalidad a la solidaridad, del retener al compartir, del dominar al servir, del vivir para sí al vivir para los demás. Es por eso por lo que el Jueves Santo celebramos, y con justeza, el día del Amor fraterno.

Y precisamente en ese día los apóstoles rivalizaron para ver cuál de ellos se sentaría más cerca de Jesús, allá en el Reino de los Cielos. Es entonces cuando Jesús les habla de humildad y de servicio, y les dice: "Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve".

Y para que la lección les entrara por los ojos y los sentidos, es decir, para que aprendieran sin tener que pensar mucho, se pone a lavarles los pies, cuando en aquel tiempo quienes lavaban los pies a los señores eran los criados. No era por problemas de higiene; era por problema de amor. Jesús da tanta importancia a este gesto que lo pone como test de fidelidad y de pertenencia a su comunidad.

Lo que viene a decir que el auténtico cristiano debe estar dispuesto a lavarle los pies a todos, y las manos, y la cabeza; a curar sus heridas, a romper las cadenas y a cargar con los demás.

Algo más tarde, cuando la Oración en el Huerto, Pedro reacciona de una manera generosa y directa, pero demasiado impulsiva y violenta. Con una espada trata de defender a su maestro. Quiso salvar la Vida, quitando otra vida; quiso salvar al Señor matando al siervo. Pero Jesús lo para en seco y le dice que Él no ha venido a quitar la vida a nadie, sino a darla a todos y dar la suya por todos.

Y seguimos con los acontecimientos más importantes de estos días; seguimos en la noche del Jueves Santo.

En esa noche a Jesús le invaden tinieblas mortales. No es una depresión cualquiera. Dice Jesús: "Mi alma está triste hasta la muerte". Los evangelistas no ahorran calificativos para describir la triste situación en la que se encuentra Jesús. Hablan de "Tristeza y angustia"; "Terror y Angustia", "Soledad" y Angustia"...

Se apoderaron de Cristo la angustia y el terror cada vez que se le ponía delante la película que le esperaba y, como hombre que era, temblaba y lloraba.

En aquellos momentos en que nos sentimos angustiados, ¡que bien nos viene el tener alguien a nuestro lado! Aunque no haga nada, aunque no diga nada, pero sentir su calor y su comprensión nos ayuda enormemente a sobrellevar ese momento.

Pero Jesús se encuentra con otra dificultad añadida: la soledad. Por dos veces va a donde se encuentran los discípulos, pero los encuentra dormidos, siempre dormidos.

También en la vida suele suceder así; las opciones definitivas se tomen a solas; las crisis importantes se pasan a solas. Ahora sabemos, después de Getsemaní, que la tristeza y el miedo son superables, y sabemos también que el llorar es muy humano, y que la tristeza y el miedo, bien manejados, pueden ser fuentes de superación.

Pero quedaba aún en este día otro hecho probablemente más dramático que los anteriores: Judas.

Judas no sólo actuaba de noche, Judas era la noche. Judas absorbía toda la luz, como si de un agujero negro se tratara. Judas ennegreció más la noche con el beso de la traición. Fea es toda traición, pero si se hace con el signo de la amistad resulta más fea, más repugnante. Al besar a Cristo para consumar su obra, Judas consumó una doble traición: traicionó a Cristo y traicionó al beso.

Y Jesús se lo echó en cara: "Amigo, ¿con un beso me entregas? Pero, a pesar de ese hecho, Jesús le sigue llamando "amigo".

"Amigo" es una de las mejores palabras que tenemos en el léxico. Y Jesús la sigue empleando, a pesar de lo dramático que para Él suponía aquel momento.

Pero no la emplea con ironía. Por parte de Cristo era verdad, le sigue amando como a un amigo, y si Judas se hubiese abierto a la palabra, hubiese entrado en él la salvación. Pero Judas volvió a fallar.

Nosotros aprendemos aquí, en este cuadro entre Jesús y Judas, que la amistad, para ser auténtica, tiene que ser recíproca. Cada uno de nosotros sabe qué cantidad de verdad hay en el uso que hacemos de la palabra "amigo".

En nuestras procesiones de Semana Santa acompañamos a Cristo hacia el Calvario en un ejercicio piadoso y de gran tradición popular. Y esto supone un deseo de adentrarse en el misterio de la Pasión, y querer compenetrarse con los sentimientos de Cristo en esa hora difícil, en ese su "paso" por el dolor y la muerte.

Son bastantes "pasos" los que desfilan por nuestras calles en la Semana Santa; desde el "Borriquillo" de mañana Domingo de Ramos hasta el "Resucitado" del Domingo de Resurrección hay unos 20 "pasos". Pero hay uno más. Estamos nosotros, está el pueblo de Calzada que es el mejor "paso" de todos. Y este pueblo, este "paso", acompaña a Jesús cuando acompaña a sus hermanos más necesitados. Y no me refiero a la necesidad económica, que también, y que ya de por sí es importante, me refiero a ese tipo de necesidades de carencia, de proximidad, de solución de problemas y de ayuda en todos los sentidos. Ese es el verdadero acompañamiento. Y no quiero decir que lo demás sea teatro.

En ese acompañamiento a Jesús estaban las mujeres, que siempre representan lo mejor del pueblo. Ellas no se dejaron comprar ni seducir por las autoridades; ellas no sabían de cuestiones religiosas o políticas. Ellas se dejaron llevar por su corazón, que es el que menos engaña.

¿Qué podían las mujeres de aquel tiempo? Lo único que pudieron fue estar cerca, hacer suyos sus sentimientos y ofrecerle a Jesús su compasión.

Mientras haya mujeres compasivas, mientras haya personas con corazón, podemos abrirnos a la esperanza. De nada valían entonces las palabras. Sólo el silencio, la cercanía, la oración y las lágrimas. Aunque esas lágrimas, como las de las mujeres piadosas, son ya oración. Las lamentaciones y las lágrimas de estas mujeres son fruto de un amor compasivo. Tienen un valor de protesta y de oración. Ellas siempre ofrecen sus lágrimas contra el atropello.

Y sigue avanzando el tiempo. Se irán sucediendo nuevos hechos en la Pasión de Jesús, y el pueblo lo recuerda, lo recordamos, lo vivimos, lo representamos a través de los diferentes "pasos" que veremos y viviremos en nuestras procesiones.

Viernes Santo. Desde media mañana a media tarde estuvo clavado Jesús en el madero. Jesús sufre una larga agonía: tres horas según San Juan, seis horas según San Marcos. Tuvo que soportar innumerables tormentos físicos, morales y espirituales. Tuvo tiempo para rezar, para perdonar, para gritar, para pedir... De este tiempo podemos sacar las más bellas lecciones de perdón, de paciencia, de humildad, de confianza, de amor.

En esas horas todo era amargo y oscuro. Ni la más pequeña luz; todo era soledad y abandono. Abandono incluso ¿del Padre?; Jesús baja a los infiernos de la desesperación y le grita: "¿Por qué me has abandonado?"

Aquí quiero introducir una aclaración que considero de gran importancia, extraída de unos textos del psiquiatra y psicoanalista Erich Fromm, y que son referidos al Salmo 22.

Refiere San Mateo que: "Cerca de la hora novena Jesús clamó a gran voz: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?".

Es casi inconcebible que Jesús muriera pronunciando palabras de profunda desesperación. Esto ha sido observado por numerosos intérpretes del Evangelio, que explican el aparente absurdo, señalando que Jesús era Dios y Hombre, y que como Hombre muriera desesperado. Esta no corresponde a una explicación satisfactoria.

Sabemos por la historia que antes y después de Jesús hubo muchos hombres (los mártires) que murieron conservando íntegra su fe, y sin mostrar signos de desesperación. ¿Por qué iba a morir Jesús desesperado, como expresión de su carácter humano? ¿Por qué iba a ser menos el Maestro que los discípulos?

La respuesta a esta desconcertante pregunta parece ser simple. En la tradición judía los libros que se van a leer son citados por la primera o primeras palabras del escrito (del mismo modo como lo son las Encíclicas). Algunos Salmos se citan por las primeras palabras o sentencias. El Evangelio nos dice, por tanto, que Jesús cuando agonizaba, recitó el Salmo 22 que, efectivamente, comienza por una frase de desesperación, pero termina con bellas frases de fe y de esperanza.

Los autores de los dos primeros Evangelios (Mateo y Marcos) debieron tener en su mente el Salmo completo. Así, Mateo (27-29) habla de los soldados romanos que le "escarnecían". El salmo 22 dice: "Todos los que le ven le escarnecen". Mateo dice (27-43): "Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere". El Salmo 22-8 dice: "Sálvele, puesto que en Él se complacía". Mateo (27-35) dice: "Repartieron entre si sus vestidos, echando suertes". El Salmo 22-18 dice: "Repartieron entre sí mis vestiduras, y sobre mi ropas echaron suertes". Además el citado Salmo dice: "horadarán mis manos y mis pies".

¿Cómo puede explicarse que la mayoría de los teólogos cristianos aceptaran la idea de que Jesús murió pronunciando palabras de desesperación, sin advertir que murió recitando el Salmo 22?

La razón parece ser que los eruditos cristianos no pensaron en esta trivial costumbre judía de citar un libro o un capítulo por su frase inicial. Y sabemos que Jesús era judío.

El hecho es que Lucas refiere que Jesús dijo: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Es claro que la intención de este pasaje es mostrar que Jesús murió en un estado de ánimo opuesto al expresado en el primer verso del Salmo 22.

Corrobora lo dicho anteriormente, la diferente narración que San Juan hace de los momentos finales de la crucifixión. "Cuando Jesús hubo tomado el vinagre dijo: todo está consumado. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu".

Y por fin llega hasta nosotros la gran noticia: HA RESUCITADO.

Esta es la gran noticia que iluminará todas las noches , y la que dará origen a una nueva comprensión de la historia.

Lo que estoy intentando decir es que seamos testigos de la Pascua. Hay todavía mucho sufrimiento en el mundo. ¿Para qué nos vamos a ir tan lejos? Aquí, entre nosotros. En nuestra sociedad de Calzada. Nuestra tarea es poner en todas partes semillas de resurrección. Seremos colaboradores de esa resurrección si somos capaces de poner algo de energía pascual en las personas que sufren, en aquellas que viven sin sentido y sin esperanza.

También, si somos capaces de mejorar si quiera una mínima parte la sociedad en la que vivimos, luchando contra la corrupción, llamándole a las cosas por su nombre, intentando cambiar las estructuras cuando sean opresivas y alienantes. Y no tengáis miedo nunca de llamarle a las cosas por su nombre, que para eso lo tienen.

Un signo importante que ofrece Jesús a los discípulos para ser reconocido es el estudio de sus manos y de sus pies. Puede verse que son manos y pies gastados, entregados, rotos y agujereados.

Las manos son siempre muy significativas. A través de ellas podemos descubrir la identidad de una persona. Nuestras manos no pueden ser nunca egoístas, cómodas, violentas y amenazantes. Sean manos trabajadoras, serviciales, generosas y entregadas.

Un tiempo nuevo ya está aquí. ¿Qué vamos a hacer con él? Este tiempo nuevo está en la persona que se renueva, y está en los grupos que se comprometen en favor de los pobres, y está en la sociedad que se esfuerza en ser más justa y más solidaria. El tiempo nuevo está en todos los que siguen deseándolo y esperándolo activamente, en todos aquellos que lo cantan y que lo comunican.

Seamos los constructores de una sociedad nueva. Cada día hay que barrer la suciedad acumulada. Busquemos y eliminemos la suciedad de la sociedad. Que hay mucha. Que cada uno de nosotros sabemos dónde se encuentra.

Cada día tendremos que enjugar las lágrimas, enjugar el dolor y combatir la opresión allá donde se encuentre. Cada día hay que poner una piedra sacada de las canteras de la justicia, de la solidaridad, de la tolerancia, de la libertad y de la caridad.

Y ya termino; pero antes os pido un cálido favor. Como imagino que al final vais a aplaudir, yo os sugiero que esos aplausos los dirijamos todos al recuerdo de aquellas personas que años atrás nos comunicaron, desde el alma, su Pregón de la Semana Santa y ya no se encuentran físicamente entre nosotros. Muchas gracias...y... ¡adelante con los faroles!

 
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