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Jueves, 04 de Junio de 2009
Rafael Serrano Martínez.

Dignísimas autoridades, Junta Pro Semana Santa, miembros de las diversas Cofradías, paisanos y amigos:
En primer lugar, es un deber de cortesía y educación dar las gracias por el honor que supone haber sido elegido para hablar en esta magnífica tribuna en un acto tan importante como es el pregón de nuestra Semana Santa, y quiero insistir en lo de nuestra, porque yo la considero patrimonio de todos, no sólo de unas Cofradías. Por la misma razón, todos, absolutamente todos, debemos protegerla y ayudarla.

Seguidamente, tengo que manifestar (y lo digo con total convencimiento, y así lo hice constar a los miembros de la junta Pro Semana Santa) que no soy la persona adecuada para estar aquí. Yo estoy aquí por el cariño y amistad de todos, que por lo que veo es mucho.
Un pregonero, en mi opinión, debe reunir tres cualidades:
En primer lugar, tener algo de historiador para bucear en las raíces y fuentes de los hechos.
En segundo término, poseer condiciones literarias para plasmar los hechos recogidos con cierto estilo y poder llegar al público.
Y finalmente, algo de poeta para adornar y abrillantar ese estilo literario.
Yo, como es evidente, público y notorio, no reúno ninguna de esas cualidades. Tampoco soy orador, ¡ojalá tuviera el pico de don León!. Soy un modesto cirujano en cuyo campo me desenvuelvo discretamente y nada más.
Ahora bien, una vez metido en esta situación, como decimos en Semana Santa, "adelante con los faroles". Y como decían en los peditorios "a lo que venimos venimos, y si no, no hubiéramos venido". Espero, con vuestra benevolencia y un mucho de comprensión, poder superar el trance.
¿Qué decir de nuestra Semana Santa? Tarea harto difícil y complicada encontrar algo nuevo sobre temas locales, que no haya sido tratado exhaustivamente.
El pregón lo voy a centrar sobre mis vivencias personales, de cuando yo tuve una participación muy activa en la Semana Santa. Cómo vi, viví y sentí nuestra Semana Santa en aquellos años. Alrededor de los años cincuenta.
De esto, aunque no sea muy mayor, o al menos así me lo creo yo (como muchos saben soy de la quinta del Berro) han pasado entre treinta y cuarenta años. Por lo cual, para algunos, tal vez los menos, servirá de recuerdo o evocación, y para otros muchos, no pasará de lo anecdótico, o tal vez una pesadez.
Yo no comprendo nuestra Semana Santa sin una visión global, y por lo tanto de su influencia y repercusión sobre las costumbres, cultura, actitudes y comportamiento del pueblo. La visión simplista de unas procesiones no corresponde, pienso, ni representa a la realidad de todo lo que gira en su entorno.
Para tener una perspectiva general debemos analizar tres aspectos:
- El contemplativo, que viene dado por la observación de todos los acontecimientos,
- El sensitivo, dado por las reacciones, sensaciones y motivaciones que despierta.
- Y el participativo, condicionado por la labor o participación activa en alguno de sus múltiples componentes.
No olvidemos nunca que nuestra Semana Santa tiene un gran componente festivo o lúdico, como ahora se dice, y un componente religioso cuyo porcentaje no puedo valorar, igual que no tengo autoridad para hablar de la "religiosidad popular", etc. Ahí, doctores tiene la Iglesia que lo sabrán explicar.
Pero esa perspectiva festivo-religiosa o religiosa-festiva, según se mire, no se puede perder, si queremos tener una visión global de la misma.
Centrándonos en esa época, sobre los años cincuenta, la mejor conocida y vivida por mí, considero conveniente separar tres etapas o momentos dentro de la Semana Santa.
Una fase o etapa pre-Semana Santa, que podemos superponer al tiempo de Cuaresma, pero con otras connotaciones.
La semana de Semana Santa propiamente dicha.
Un después de la Semana Santa,
La fase pre-Semana Santa la llamaré "etapa preparatoria y de embellecimiento" y que estaba orientada al aspecto festivo. Ya comenté que no tengo autoridad para hablar del religioso.
Su inicio lo podemos hacer coincidir con el principio de la Cuaresma y, por tanto, lo podía marcar el primer bocinazo dado por Agustín Goërlich, artista inigualable en ese campo, y el primer golpe de campanilla del "pecado mortal", como si ello marcara la salida de una carrera o de una marcha.
Se iniciaba un cambio casi febril en la actividad de cada casa y por ende en el pueblo en general.
Esa actividad tenía unas secuencias o fases bastante marcadas, que cronológicamente se desarrollaban de la siguiente manera:
La primera fase era de embellecimiento y correspondía al enjalbegado, pintado, limpiado y untado de la casa. Hoy todo ello muy limitado, dado el tipo de vivienda que se va imponiendo, los materiales de construcción, usados, etc. Pero entonces era un hecho muy importante dentro del contexto preparatorio de Semana Santa.
Terminada esta fase, tal vez la más dura, se iniciaba la segunda que correspondía a la "cochura", a hacer las "cosas de Semana Santa". Eso tenía su ritual y normas dentro del contexto general, que no se puede despreciar. Actualmente está muy devaluada, creo que en función del nivel económico y comodidad de la gente.
Se siguen consumiendo y preparando las mismas "cosas", pero adquiridos en la Chinita, Angelín, Los Pepes, etc., muy buenos por cierto, pero en alguna especialidad, lo artesanal es lo artesanal. A pesar de lo que diga mi amiga Carmen.
Lo primero que se hacía era la adquisición de las materias primas, aguardiente, huevos (docenas y docenas), harina, aceite, levadura, etc. Luego se preparaban los "cacharros", las latas, candilejas, moldes de rosquillos y flores, cañas de los barquillos, etc.
Todo esto se tenía guardado en un sitio adecuado y debidamente limpio, ya que si no estaban en plan de revista, se oxidaban. Y la solución era asperón y estropajo, ya que entonces no había productos que con una sola gota limpiaran todo, como anuncian ahora.
La cochura se podía hacer en la propia casa, si se disponía de horno, en cuyo caso la participación de los miembros de la familia era total, cada uno con diferente misión, ya que eran muchas las cosas a realizar: leña, lumbre, pesar, medir, amasar, etc.
Todo ello le daba un ambiente auténticamente festivo e incluso podía condicionar el tipo de comida ese día (un "tiznao" aprovechando las brasas).
Los que no tenían horno iban a las panaderías, en cuyo caso se organizaban pequeños desfiles o comitivas -casi siempre de mujeres- con todos los pertrechos que se necesitaban, o con la ayuda, a veces, de algún hombre para llevar las cosas de peso.
En el horno solían coincidir varios grupos, con lo cual el ambiente era más festivo y se aprovechaba para darle un repaso al pueblo, comentando los hechos de más reciente actualidad, como novieces, deslices, enredos, etc.
Cuando se terminaba la cochura, se hacía un comentario del resultado de la misma, que estando todos juntos era bueno, pero cuando se separaba cada grupo con sus cajones de madera o dornillos llenos de las "cosas" (¡y como siempre había su pique!) aparecían las criticas y sus respuestas: a la fulana no le han subido bien las magdalenas, decía una; serían de panilla y media que suben menos, contestaba otra; pues los rosquillos de la mengana tenían pollo; eso es por la levadura le respondía otra; y los enaceitados pinta de duros; por el aguardiente terciaba otra, que no seria de "cinco tallos".
Nosotros sí que sabíamos cuál era el resultado de cada cochura, por lo que luego comentaré.
En el ambiente de las calles había un olor a cochura que, como dicen los castizos, no se podía aguantar.
Con el enjalbegado y la cochura, la Semana Santa festiva estaba encarrilada, quedando algunos detalles no exentos de importancia y curiosidad.
Uno de ellos era la iluminación de puertas, ventanas y balcones, muy importantes entonces, dada la modesta iluminación que tenía el pueblo en aquella época, aunque por esas fechas el Ayuntamiento solía colaborar reforzando la iluminación.
Casi todo el mundo participaba en la iluminación de las calles, que eran una auténtica ascua, y contribuía a dar más esplendor a la Semana Santa.
Los más pudientes o amantes de la iluminación tenían los arcos de los balcones o ventanas preparados de un año para otro. Se usaban bombillas nunca vistas, de 200 bujías o más. Incluso la gente más modesta trasladaba la luz del portal al marco de la puerta, operación por otra parte fácil, ya que los conductores de la luz eran cordones y no cables empotrados en la pared como ahora. Otros se limitaban a poner unos simples velones, poco luminosos pero muy artísticos y vistosos.
De esa manera, la fachada y portal quedaban perfectamente iluminados y se podía contemplar al paso de la procesión a los miembros mayores de la familia sentados en la mesa camilla colocada en el portal o "sala de estrao", con todo bien reluciente y pintado.
Otro hecho que tenía su ritual era la preparación de la ropa para la Semana Santa, que incluía las túnicas, el traje del hombre, generalmente negro u oscuro, que habitualmente era el de la boda o padrino, y el de la mujer que podía ser nuevo, y confeccionado por La Paca Doctor, la Isabel o la Anselma. Entonces no se conocían tantas marcas, ni se frecuentaban tanto los grandes almacenes como ahora.
Un observador curioso podía contemplar la evolución de la moda masculina de los últimos 50 ó 60 años, fijándose simplemente en los hombres colocados en las aceras de las calles viendo las procesiones. La verdad es que entonces las modas evolucionaban poco, tal vez porque a los sastres de aquella época, "El Cojo" y "Pataquilla", les llegaban pocas revistas de moda.
Otro aspecto que merece un breve comentario era la preparación de la comida para la Semana Santa, debido a que en esa semana se cocinaba muy poco o nada, pues no quedaba tiempo para ello entre las obligaciones con la Iglesia, Oficios, visitas, velar al Santísimo, sermones, procesiones, etc., unido a que las horas en que los miembros de la familia acudían a la casa eran bastante anárquicas.
Se preparaban tortillas y masillas de diferentes tipos, bacalao de diferentes formas, albóndigas de pescado, etc., que se completaban con postres dulces que no tenían que ver con la "cochura", como eran las natillas, fachenda, que me encantaba, arroz con leche, flanes de verdad, no del Niño, como hacen ahora, de hasta 24 huevos o más. Entonces no había o no se conocía el colesterol.
Esta comida, así como la cochura, solía tener un sitio adecuado donde se guardaba, como la cámara, despensa e, incluso, la "sala de estrao".
Por muchas tentaciones que hubiera, aquello era muy respetado y nadie se atrevía a tocar.
Yo recuerdo a ese respecto una habitación que había en mi casa, no mayor de 5 ó 6 metros cuadrados (la camarilla), y que era como una síntesis de la Semana Santa, En ella se guardaba la cochura, las túnicas de Semana Santa y la Verónica. ¡Mayor expresión junta de la Semana Santa, imposible!
En cuanto llegaba de vacaciones subía allí y quedaba impregnado de tanto olor, color y sabor a Semana Santa.
Esto es a grandes rasgos, los aspectos contemplativos y sensitivos de cómo veía yo el movimiento del pueblo como preparación a la Semana Santa, en el aspecto lúdico y las sensaciones que los mismos me producían.
Respecto al aspecto participativo, es decir, a mi actividad directa en esta fase de pre-Semana Santa, que era muy intensa, quiero destacar dos hechos para mí muy gratos, interesantes y curiosos: el cobro de los recibos de los negrillos, y la preparación de los pasos.
El cobro de los recibos lo hacían entonces miembros de la Junta y gente muy allegada a la Hermandad, y su objetivo era doblemente económico. Por una parte, ahorrarse el dinero que había que pagar al cobrador, y por otra, conseguir bastantes limosnas. Había que juntar el dinero para sufragar los gastos, que no eran pocos, peseta a peseta. Ahora son millones los que se manejan.
Estas limosnas que conseguíamos en la cobranza eran voluntarias unas veces, o más o menos forzadas otras, pues si el que pagaba el recibo no la daba espontáneamente, ahí estaba Chocolatina diciendo: "¿hay que devolver algo?", con lo cual se daba por aludido y soltaba, o si no, directamente al darle las vueltas se quedaba con alguna pesetilla, que entonces suponía mucho.
Al mismo tiempo la cobranza tenía un aspecto positivo para nosotros, pues nos permitía merendar dos o tres veces cada tarde, debido a las invitaciones que nos hacían en algunas casas.
Esto lo teníamos muy bien organizado, de tal manera que preparábamos el itinerario contando con los fijos que todos los años nos invitaban, cuando íbamos a cobrar. Así, si el recorrido lo hacíamos por la calle Empedrada, teníamos seguro a Angelico el Panadero y Alvarico. Nada más llegar nos sentábamos, y mientras se hablaba de todo un poco, aparecían las bandejas y la botella de mistela o anís.
Si no teníamos fijos, en la casa que había más confianza, siempre había uno que le echaba cara y decía, aprovechando cuando iban a por el dinero, "anda no te molestes en sacar nada", y dándose por aludido, aparecía con la bandeja y la botella.
Por eso comenté antes que nosotros éramos los que verdaderamente conocíamos los resultados de la " cochura", por la variedad de sitios donde la probábamos.
El otro aspecto participativo correspondía a la preparación de los pasos, trabajo bastante duro y laborioso, poco conocido y reconocido por la gente. Había que estar dentro para saberlo, era mucha la pelea hasta que una procesión estaba en la calle.
Hay que tener en cuenta que muchos pasos, la mayoría, no estaban en la Iglesia, pues no cabían. Entonces no existía la obra del Convento, que fue un avance enorme para la Semana Santa, puesto que solucionó el problema de los pasos y el del Hermano Mayor, que en muchas ocasiones no fue chico, por el problema que creaba en las casas.
Había pasos que los solía tener el Hermano Mayor. Otros estaban en casas concretas, algunos de ellos muy bien colocados, con sus luces y todo, como en una exposición, como acontecía con la Piedad que estaba en casa de la Araceli, la de "poco vino".
Por supuesto siempre los tenían bien tapados, cuidados y respetados, salvo la anécdota que cuentan del Cirineo, que le pusieran un chorizo en la boca para culparle de la desaparición de unos chorizos que había en una olla. Pero no era santo, ¡eh!.
Todos estos pasos había que recogerlos y llevarlos a la Iglesia y luego montarlos, para lo cual había que adquirir remolques, cosa no fácil entonces, ya que no había tantos como ahora y tenían que ser pequeños, en proporción con la anchura y la altura de la puerta de la Iglesia. El peso de todo esto lo llevaba Francisco el Sacristán, un artista, cuya labor nunca fue bien reconocida, aunque pasara sus facturas como es lógico por "poner y quitar, quitar y poner", como así rezaba en las mismas.
Los pasos, poco a poco, se fueron montando en carroza, porque por una parte facilitaba el llevarlos, y al mismo tiempo se disponía de más hermanos en las filas, no abundantes en aquellos tiempos en los negrillos, en que nos teníamos que estirar como la goma para aparentar más. La mejoría del pavimento de las calles facilitó el poder montar las carrozas.
A ese respecto recuerdo un hecho o anécdota, que en aquella ocasión pudo dar lugar a una alteración del orden público.
Por motivo de ese montaje de los pasos, se decidió llevar la procesión del Viernes por la mañana a la calle General Aguilera, que tenía nuevo el pavimento, era más amplia que la calle Nueva, que era la tradicional, pero más estrecha y con pavimento de piedra y muchos baches. Esto produjo un gran revuelo entre los vecinos de esa calle y dio lugar a comentarios de todo tipo. Alguien dijo que la procesión no pasaría de la esquina de la calle Nueva, pues pensaban atravesar carros en la calle Empedrada y atarlos con cadenas a las ventanas. La influencia de personas sensatas deshizo tal idea.
A pesar de la tensión que había, afortunadamente cuando llegó allí la procesión, no ocurrió nada, pasó con toda normalidad y al llegar a la del General Aguilera, se encendieron todas las luces de las casas con gran júbilo y contento entre los vecinos de dicha calle.
Con todo lo hasta aquí dicho, quedaba gran parte del aspecto festivo y religioso preparado y el ambiente de Semana Santa se iba palpando en todo el pueblo.
Otro hecho interesante que no quiero dejar pasar por alto, por el colorido que tenía y la resonancia en el ambiente del pueblo, era la llegada de los forasteros, un porcentaje de los cuales eran invitados, de lo cual todo el mudo solía alardear. Había casas que tenían casi otra familia entera, como mi tío Juanito. Claro que, como era carpintero, tenía una gran mesa donde sentar a todos.
Actualmente es un aspecto desconocido pues con las vías y medios de comunicación que hay, se llena y vacía el pueblo en horas. En aquellos años era un hecho muy llamativo.
Solían llegar los más tempranos a partir del Viernes de Dolores, y el fuerte era el Miércoles Santo, en que llegaban los autocares que decían de SEPU, en razón a que durante años el organizador fue Francisco el de Abrazanoches que trabajaba allí, y allí era el punto de referencia.
Las exclamaciones sobre el número de autocares que llegaban eran muy variadas y generalizadas. Rápidamente se extendían por todo el pueblo. ¡Este año han venido seis!
El desembarco de los forasteros era un espectáculo, y la plaza y la calle Real se ponía de bote en bote, ambiente que ya se mantenía toda la Semana Santa.
Teníamos ya todos los ingredientes para que la Semana Santa fuera un éxito.
Este ambiente se fortalecía, incluso, con las emisoras de radio, que entonces habitualmente emitían saetas, cuyas notas salían a la calle a través de las ventanas y de las puertas que entonces podían estar abiertas. Recuerdo el altavoz que Castro colocaba en el balcón de Cosme, emitiendo saetas que daba a la calle Real un colorido especial.
Con ese ambiente, la Semana Santa se desarrollaba con el esplendor de siempre, con algunos altibajos como en todo evento ocurre, pero siempre con gran contento y ganas de superación. La valoración, apreciación y detalles de las procesiones era y es patrimonio de cada persona. Para nosotros que éramos los artífices, lo mejor, como es lógico.
Para los que estábamos metidos de lleno era un no parar, aún después de tener todo preparado y listo, ya que participábamos en todos los actos, preparación de las procesiones, etc. Nos quitábamos una túnica y nos poníamos otra, incluso sin acostarnos, que era lo tradicional y que obligaba a muchos hermanos a hacer acto de presencia, importantísimo por la escasez que de ellos había.
El único reposo que teníamos era después de las procesiones, cuando quedábamos solos en casa del Hermano Mayor, después del convite de la Hermandad.
Para ahuyentar a algún remolón y quedar solos los justos, había alguno que decía: "saca los libros que vamos a ajustar las cuentas", y dándose por aludido se marchaba tranquilamente, ya que pensaba que el ajuste de cuentas era competencia únicamente de la junta. Entonces tomábamos lo que procediera. Como se ve, nosotros vivíamos un mundo distinto al festivo de la calle.
Una vez terminada la Semana Santa quedaba otra etapa, breve y tal vez triste al mismo tiempo, pero que tenia algún aspecto interesante que recordar.
Por parte de los que estábamos dentro el destejer todo lo hecho.
Había que ubicar nuevamente a los pasos, devolver los remolques, etc., lo cual llevaba un trabajo duro, desconocido, y poco apreciado por la gente.
Ajustar las cuentas de verdad.
Y, finalmente, la comida de los armaos, que tenia mucho sabor, aparte del culinario.
Por parte del pueblo lo más señalado era la despedida de los forasteros, todo un acontecimiento, cuando se observaba en la plaza a todos juntos con sus maletas y sus cajas de cartón, la mayoría de ellas de las gorras Cañizares, por las muchas que se vendían entonces, y de galletas Cuétara.
¿Cuál era el misterio de las cajas de cartón, que hacía que los comercios se quedaran sin ellas por mucho que vendieran para Semana Santa? Que en dichas cajas llevaban los restos de lo que quedaba de la "cochura" de Semana Santa.
Por eso, algunos comentaban con algo de mala uva, aunque no sin falta de razón, que los forasteros dejaban las despensas vacías y los retretes llenos.
Después de la tristeza y desolación que ese final ocasionaba, el pueblo poco a poco recobraba su ritmo normal y se empezaba a pensar en la próxima Semana Santa, que aún se veía muy lejos, por eso alguno exclamaba "todo el año tenía que ser Semana Santa". ¡No aguantaríamos ni un mes!
Esto es a grandes rasgos como yo vi, viví y sentí la Semana Santa en aquellos años.
Dando un gran salto llegamos a la actualidad, donde nos encontramos con una Semana Santa magnifica, espléndida y maravillosa, de gran categoría y calidad, y con una gran proyección ascendente, que es lo importante, y lo que tenemos que cuidar entre todos.
Tenemos unos pasos de mucho valor artístico y económico, de bastantes millones. Unas procesiones dignas de la mejor capital, dentro de las cuales me permito destacar tres auténticas perlas: La de Jesús, el Viernes Santo por la mañana, todo fervor y devoción. La Solemnidad del santo Entierro y la majestuosidad de la Soledad.
Actualmente mi actividad participativa, excluyendo el paréntesis de este año, queda limitada al Viernes Santo por la mañana. Yo digo que ya he quedado como Teodomiro Fontecha cuando fue mayor, que sólo se vestía en una procesión. Él lo solía hacer en el Santo Entierro.
Aunque sea una sola procesión, la vivencia es enorme e intensa, con ese pasacalles, aún de noche, con dos filas de Hermanos interminables, este año tendremos que llegar a San Isidro o ir por la circunvalación, pues se nos queda chico el pueblo.
Con ese sonido tan claro y limpio de esa magnífica banda de trompetas y tambores que a esas horas suenan con más intensidad, rompiendo el silencio de la noche, y luego esa procesión llena de fervor y recogimiento, donde pone el contrapunto nuestra afinadísima banda de música dirigida por el amigo Carmelo tocando "Nuestro Padre Jesús". ¿Se puede pedir más?.
Yo preguntaría si en algún momento del recorrido alguien no ha notado un nudo en la garganta de emoción. Yo sí, lo confieso públicamente.
Eso es para mí el compendio de mi participación en la Semana santa actual.
Esa norma se ha quebrado este año al haber sido nombrado miembro de la Junta de los Negrillos, que pienso, como le dije al Hermano Mayor, es como si a Zarra o a D'Stéfano les llevaran nuevamente a la selección de fútbol. Muy pasados ya ¿no?
De todas maneras haré un penúltimo esfuerzo por nuestra Semana Santa e intentaré cumplir con las comisiones que me asignen, y, como dicen en el Prendimiento, "con la ayuda de todos pensamos salir victoriosos".
La primera comisión la tengo precisamente mañana Domingo de Ramos, pidiendo con un cepillo, por lo cual aprovecho para rogaros que me ayudéis, y para que pueda quedar decentemente, os echáis unas monedillas en el bolsillo y alguno hasta un billete. Os doy las gracias anticipadas en nombre de Jesús Nazareno.
Evidentemente, nuestra Semana Santa tiene un ambiente festivo, que creo, que en general, es sano y debe persistir, pero es innegable también el recogimiento, fervor y devoción mostrado, sobre todo al paso de las procesiones con ese cambio en el ambiente y semblante de la gente en donde se produce una auténtica transformación.
El murmullo de la gente cesa, la emoción embarga. La mayoría balbucea alguna plegaria u oración. Todo el mundo dice algo en silencio.
Nuestro pueblo siente la Semana Santa de verdad. Estoy convencido. Pero a su manera.
Tenemos nuestra Semana Santa, la que nos gusta, por lo tanto, la que tenemos que respetar. Está dentro de nuestro acervo cultural y es parte de nuestro preciado patrimonio.
Llevamos un camino ascendente, sigue habiendo gente muy entusiasta, y la colaboración del pueblo es buena, aunque siempre hay que pedirle más. Pronto podremos leer en las guías turísticas de la región "Semana Santa de Calzada de Calatrava considerada de interés turístico". Esto tendrá un valor inapreciable.
La participación de la mujer en este desarrollo y evolución ha sido fundamental en todos sus aspectos, hecho que quiero resaltar porque es de justicia. El número de mujeres que se visten de hermanas es grande y va en aumento. Tengamos en cuenta que la mujer no suele vestirse sola, va con la amiga, el amigo, el novio, etc., con lo cual arrastra más gente.
Yo públicamente confieso el error que teníamos hace años, cuando casi perseguíamos a las mujeres que se ponían la túnica. Algunas pensarán que era una actitud machista. Machista no, tontos diría yo.
¿Y qué decir de los armaos en la actualidad, a la cabeza de los cuales está el Maestro Armero? Fenomenal, fenomenal
Igualmente quiero destacar la labor y la estructuración que le ha dado la Junta Pro Semana Santa, me parece estupenda y debe ser una plataforma de lanzamiento y mantenimiento muy buena. Todo ello independientemente del trabajo y labor de cada Hermandad.
Tengamos en cuenta, o al menos así lo pienso yo, que la Semana Santa es una seña de identidad del pueblo que nos permite ser conocidos y gozar de fama y prestigio fuera de nuestro ámbito.
Por eso insisto mucho en que es nuestra Semana Santa, de todos, siendo las Cofradías los componentes y la representación más señalada de ese todo. La Semana Santa de Calzada será la Semana Santa que los calzadeños queramos.
La Semana Santa no termina con los desfiles procesionales, sino que continua todo el año. El empuje y entusiasmo continuo del pueblo es fundamental y es lo que la hará cada vez mejor.
Invito a todos a vivir intensamente nuestra Semana Santa de 1995.
Por todo lo cual quiero finalizar pidiendo y diciendo:
¡Todos, absolutamente todos, con nuestra Semana Santa!

Rafael Serrano Martínez

 
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